Solía abrir los ojos como si un pequeño susurro me hubiese dicho dulcemente al oído “despierta”.
Los domingos por la mañana solían ser así. La inmensa quietud lo impregnaba todo. Incluso el frío parecía haberse adueñado de todo el aire en mi habitación. Solo había paz. Calma. Tranquilidad. Era la nana sorda perfecta para un despertar perezoso. La luz de la mañana se colaba a través de la persiana de mis padres. Su habitación estaba justo en frente de la mía y los traviesos rayos de luz parecían querer acariciarme el rostro infantil como si se tratase de un beso dulce de buenos días. Jugaba a esconderme, a evitarlos. A intentar que no llegasen a alcanzarme. Entonces sacaba mis brazos de debajo del edredón y con mis dedos intentaba atraparlos. No comprendía por qué ellos si podía alcanzarme y yo no podía adueñarme de ellos. Paseaba mis dedos entre la luz, como si pudiese atravesarme, fusionarse con mis manos, envolver mis dedos como si fuésemos cómplices de aquel inocente juego. Entonces mis ojos enfocaban. Y podía ver como pequeñas partículas de polvo se movían juguetonas alrededor de mi cama. Quería cogerlas, sentirlas, unirme a su leve movimiento. Volaban libres, delicadas, etéreas, esquivas. A veces pensaba que eran pequeñas hadas que querían hacerme saber que podía verlas. Pasaba así mucho, mucho tiempo hasta que mi mundo de ladrillos llamado hogar comenzaba a despertar. La magia se esfumaba. Los rayos pasaban a ser una luz cegadora cuando mi madre levantaba la persiana y la vida cotidiana se abría paso ante mis ojos. Todo se volvía tangible, grande, pesado. Terrenal.
Mucho tiempo ha pasado desde entonces. Mi vida de adulta me ha hecho olvidarme de esas pequeñas dosis de paz y magia que solía disfrutar cuando era niña. Pero he de confesar que cuando soy alcanzada por un rayo de luz, no puedo evitar levantar mis dedos hacía arriba intentando acariciar esa preciosa magia de nuevo

Comments