Entré en la habitación de forma instintiva. Era mi rutina habitual cada día. Demasiado usual para pensar en otras opciones, demasiado reiterado como si estuviese grabado en mi piloto automático mental. Como siempre dudé acerca de qué debía dejar primero encima de la mesa; si debía ser el bolso, el maletín de mi ordenador portatil, las llaves, el abrigo o mi cansancio al final de un largo día de trabajo. Como siempre terminé enganchando mi bolso con el maletín del portatil y todo terminó cayendo en la mesa como un amasijo de cuero de dudosa entidad.
"Hola, amor", dije elevando la voz intentando hacerle saber que estaba ya en casa. Me asomé a la cocina, pero la luz estaba apagada.
"¡Mira qué hora es!. Me ha pillado un atasco tremendo. Dime, por favor, que has hecho la cena", me lamentaba mientras caminaba por el pasillo como si fuese mi particular camino de baldosas amarillas que me llevaban en dirección a mi mundo magico de muebles prefabricados.
Mi voz entonces, de ser un manifiesto reivindicativo acerca de lo horroroso que había sido mi día, se convirtió en inadible. Allí estaba él, reposando sus preciosos huesos en aquel lecho improvisado que solía recogernos cada día llamado "sofá".
Su respiración lenta y acompasada relajaba su musculatura siempre activa. El niño que habitaba dentro de él se había
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apoderado por completo de todo su rostro. Si no fuese por aquella barba de unos cuantos días que me volvía tan loca, habría dudado de que me encontraba ante una versión más voluminosa de aquella foto adorable de la que siempre se mofaba en casa de su madre. Sus largas pestañas formaban dos perfectos abanicos al final de sus parpados. Y sus labios parecían inusualmente más carnosos.
Adoraba verle dormir. Me enternecía. Me ensimismaba. Me fascinaba.
Me acerqué con cuidado al sofá. Delicadamente me senté de rodillas en el suelo para poder ver su preciosa cara más de cerca. Creo que él nunca sería capaz de sospechar la explosión de sentimientos que era capaz de despertar en mi. Con cuidado, pasé lentamente mi mano por su pelo. Sin saber muy bien si era un intento de despertarle o simplemente una declaración de amor eterno improvisada.
Dormía, respiraba tranquilo. Ni siquiera mi intromisión era capaz de sacarle de su preciosa paz. Entonces con sumo cuidado, acerqué mi cara a la suya. Intenté ladear la cabeza para que mi beso en sus labios fuese lo menos intrusivo posible. Para que su despertar no fuese brusco...
...y entonces, la que desperté de un precioso sueño, fui yo.
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