La arena cae. Sutil condena vestigio de paraísos olvidados. Yo que siempre quise ser Madrid, hoy quiero ser isla desierta en mitad del asfalto. Playa remota en la que quieras ser un náufrago. Hace tiempo que olvidé mi locura para instaurar la mesura. Y entre tanta corrección me enredé en ideales que quizás nunca fueron míos. Desorientada en la soledad, solitaria rodeada por la muchedumbre. La arena cae y lucho entre la premura y la calma. El ansia por los sueños robados y el deseo del abrazo de manta y sofá.
La risa de niños o mapas y vivencias con olor a gasolina.
La potencialidad de lo que nunca fui y la grandeza de todo lo atesorado.
La arena cae como una advertencia de que todo es efímero.
De esa amante exigente llamada vida que requiere ser amada a diario.
Reminiscencia de lecciones no aprendidas,
asignatura pendiente de la que sigo siendo pueril aprendiz.
La arena cae sin sonido ni carrillón en la pared.
Y no sé si quiero que el tiempo pase
o vivir presa de un eterno adagio.
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