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Aquella tarde volví a casa. Y lo hice sin saber muy bien cómo mi cuerpo era capaz de actuar mecánicamente y permitirme andar, hablar o incluso moverme. Todo parecía parte de una ensoñación extraña y distópica que ni siquiera podía asimilar.
Ya se había acabado todo. Y ni los cientos de abrazos, ni las palabras de consuelo, ni la vista cruel que se escondía detrás de aquel cristal me hacían despertar de aquel embotamiento mental en el que estaba sumergida. Era como estar debajo del agua. El ruido se escuchaba amortiguado, la visión difuminada y yo sentía que flotaba en un limbo en el que nada me sostenía.
Crucé la puerta de mi casa. Y las estancias parecían más grandes, más frías. La paredes parecían haber perdido luz y el silencio era como un grito ensordecedor que aprisionaba mi cabeza. No podía permanecer en un solo lugar. Sentía que me faltaba el aire. Me faltaba algo que antes tenía. Por primera vez me sentí extraña en mi propia casa. Era menos mía. Era menos consistente. Como si aquel hogar fuese a derrumbarse de un momento a otro.
En un intento de huir de aquel ambiente que me resultaba irrespirable, entré en su habitación. Y sobre su cama estaba su ropa. La ropa con la que entró unas semanas antes en el hospital y que no volvió a ponerse nunca más. Con manos temblorosas la cogí entre mis manos en un intento desesperado por poder abrazarle. Por poder asimilar que todo estaba siendo una maldita pesadilla y qué él seguía allí. Porque su olor seguía impregnando cada fibra de aquellos pedazos de tela. Me abracé a aquella ropa con todas mis fuerzas y fue entonces cuando lo sentí. En mitad de mi pecho. El vacío. El vacío no estaba en aquellas prendas. Estaba en mí. Como si una bola de cañón me hubiese atravesado y hubiese dejado la carne muerta a su paso. Era físico. Sentía que podía traspasar aquel agujero con mis propias manos en los que no quedaba nada. La nada en mitad de mi pecho...
Pasamos gran parte de nuestras vidas intentando entender qué es el amor y cuál es la magia que lo compone. Nos hablan de su fragilidad, de su delicadeza, de su grandeza e incluso de su inconmensurable universalidad.
La teoría nos habla del amor en su concepto más abstracto. Pero llega un día en el que lo perdemos.
Cuando el amor se encarna y materializa en una persona es muy difícil vivir sin él. Y ese concepto intangible y etéreo pasa a tener un nombre, una cara, un olor, una voz, un tacto y una presencia. ¿Podemos entonces realmente amar liberando al amor de su corporalidad? ¿Podemos realmente sentir amor siendo privados de la sensorialidad? ¿Podemos conformarnos solo con la idea ideal del amor?
El amor es un sentimiento demasiado complejo sobre el que se pueda teorizar, pero ante la perdida de la materia de la que está hecho el amor, siempre queda la sensación de un inmenso vacío que ni la teoría más completa sobre su intangibilidad y su universalidad pueden volver a llenar.
Se aprende a vivir con el vacío y con la ausencia. Pero difícilmente se vuelve a vivir plenamente sin ese amor.
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