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La voz de los ancestros

Foto del escritor: silviaseysilviasey

¿Qué era ese ruido? El fuerte cacareo de un gallo me sacó de una profunda ensoñación. Al principio creí que seguía atrapada en los brazos de Morfeo porque ese sonido era completamente ajeno a mi mundo. Y cuando volvía a relajar completamente mi cuerpo, una vez más aquel "kikiriki" fuerte y orgulloso volvió a retumbar en mi cabeza. Confundida entreabrí los ojos siendo consciente de que se colaban por la ventana las primeras luces del día.

¿Qué hora sería y dónde estaba? No eran más de las 6 de la mañana y fui consciente de que aquella cama que maltrataba mi espalda no era la mía. Pero allí estaba, en mitad de la nada. En un pequeño hotel destartalado entre una infinidad de vides en Olimpia.

Mis compañeras de viaje dormían aún plácidamente pero yo no podía evitar romper a reir cada vez que aquel gallo se declaraba orgulloso el despertador oficial de todos los que allí intentábamos descansar.

Sin poder evitarlo no pude evitar pensar en mis abuelos. Mi abuelo solía contarme que muchas veces dormía en el campo mientras pastoreaba y que sabía que el día comenzaba gracias a un infalible despertador alado y del mismo modo que era capaz de saber qué hora era solo mirando al sol. Y con las primeras luces del alba cada día se ponía en movimiento. Un nuevo día era un motivo de agradecimiento, una oportunidad de poder conseguir todo lo que el día anterior le fue negado. Quizás vender más leche, quizás que un vecino en agradecimiento le diese un melón o pudiese coger un puñado de espárragos trigueros de camino a casa. El día comenzaba temprano y con él lo hacían las oportunidades. Nacía de nuevo la vida.

No recuerdo haber sentido esa sensación muchas veces a lo largo de mi vida. Despertar sin odiar el despertador y tener la preciosa sensación de comenzar el día dispuesta a vivir todo aquello que hasta ese momento no había vivido. Es más, creo que de algún modo para la mayoría de nosotros despertar es entrar en un estado vital anestesiado en el que nos arrastramos a lo largo del día viviendo a medias. ¿Qué nos hace sentir así? ¿Por qué vivimos la vida como una condena llena de objetivos por cumplir? ¿Cuándo hemos convertido el día a día en una carrera de obstáculos? ¿Cuándo hemos entendido que la felicidad cuesta?

Aquel día comenzó con una evocación auditiva y debo confesar que muchas veces es la memoria auditiva la que me pone delante de muchas reflexiones. En ocasiones otro eco del pasado se cruza por mi mente y recuerdo aquella melodía silvada que salía de los labios de mi padre: "busca lo más vital" de El libro de la Selva.


Quizás nuestros ancestros a pesar de todas las penurias y vicisitudes que les tocó vivir fuesen en gran medida mucho más felices que nosotros. Para ellos la felicidad se escondía en esos primeros rayos de sol. En ese calor que alimentaba a la tierra y que llenaría de frutos sus despensas. En la aceptación del tiempo. Que todo necesita su tiempo: las estaciones, los barbechos, el crecimiento. Y que cada uno de esos periodos eran bendiciones necesarias para poder conseguir lo que naturalmente estaba destinado a ocurrir. Y a su vez, tener altas dosis de aceptación porque la vida da y quita de modo natural como ocurre con la noche y el día. Quizás somos tremendamente infelices porque nos empecinamos una y otra vez en luchar contra nuestra misma esencia. Quizás nuestros relojes no deberían abarcar objetivos como si viviésemos en una eterna contrarreloj. Quizás deberíamos ajustar nuestro reloj interno al ritmo que nos marca el Universo.

 
 
 

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