Desde que era niña siempre han habido dos cosas que me obsesionan cada vez que llego a un lugar nuevo:Una es el color del cielo. Muchos dirán que el cielo es siempre azul en cualquier lugar del mundo, pero sería capaz de diferenciar los distintos cielos de cada uno de los lugares que he visitado como si fuesen los filtros de una aplicación de fotografía. Es la luz del cielo la que aporta carácter a cada lugar.El cielo de Estambul es igual que la forma de ser de sus gentes. Es intenso. Desde el azul celeste más brillante que puede llegar a cegarte, al gris más dramático que intensifica aún más la majestuosidad de las mezquitas. Porque Estambul es así, vibrante, apasionado, estridente, dramático, caótico, alegre y cautivador. Todos los colores de la ciudad parecen cobrar aun más viveza bajo su cielo. Como si viviese en un estado de extrema necesidad de protagonismo. El cielo otomano reclama su hegemonía desde el alba hasta el anochecer y sabe hacerlo con una majestuosidad que te obliga a observarlo con veneración.Por otra parte, mi otra gran obsesión es olfativa. Me vuelvo como un sabueso en cada nuevo lugar que visito buscando la esencia. Y daría lo que fuese por ser una maestra perfumista para poder atesorar ese perfume no sólo en la memoria de mi alma. Estambul tiene uno de los olores más perceptibles y originales de todos los lugares que he visitado. Y es tan contundente que cada rincón de la ciudad huele a exactamente eso: huele a Estambul.No hay nada que se le parezca. Es el olor dulzón de las especias mezcladas con aceite de oliva puro. Y es un aroma tan envolvente y embriagador que me hace retroceder en el tiempo. La ciudad huele a historia. A Bizancio y Constantinopla, al olor de la madera envejecida por la humedad del Bósforo. Y es un olor con tanta personalidad que voy a echarlo muchísimo de menos porque es adictivo, como todo lo que tiene que ver con ese país. Te desconcierta, te envuelve, te atrapa, te hace suya y te enamora irremediablemente.Estambul es una explosión de sabor sabe a mil delicias que van de la boca al corazón. Su tacto oscila entre la aspereza de las piedras de sus murallas y la suavidad de la seda de las pashminas.Estambul es música. Es la voz elevada de sus gentes, la oración en las mezquitas y el sonido del bağlama. Esa eterna melodía de la que no quieres escapar porque cambia tu vibración de tal forma que puede llevarte a vivir emociones hasta el momento inexploradas.Nunca antes de conocerla mis sentidos habían vivido un despertar tan hermoso.
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