Dice el cuento de "El buscador" de Jorge Bucay que la vida realmente puede ser contabilizada en aquellos momentos en los que nos sentimos realmente vivos. Y desde que he regresado no dejo de preguntarme cuánta vida queda en mi ahora que no tengo aquello que me ha hecho infinitamente feliz. Porque no sé qué clase de magia reside en sus calles, pero es como si todos mis sentidos hubiesen despertado. Es la sensación de poder oír cuando antes no podías y poder ver percibir luces, sombras, colores y matices cuando antes ni siquiera podías percibirlos o imaginarlos. Es como un tatuaje grabado en mi corazón que no puedo tocar ni ver, pero siento que está ahí. Mark Twain decía que Nueva Inglaterra es un estado mental. Turquía es un sentimiento para el que no se han encontrado palabras suficientemente bellas para poder describirlo. Se te mete debajo de la piel y te explota en el alma como ecos de otros tiempos en los que tú formaste parte de su historia. Es una reminiscencia de una vida dentro de tu propia vida. El corazón adquiere un ritmo diferente, pero late fuerte y lleno de dicha.
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