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¿Qué es el amor?

Foto del escritor: silviaseysilviasey



Aquella mañana no me encontraba con fuerzas de enfrentarme a nada. Salí de casa con un café en el cuerpo pensando que una buena dosis de calor cafeinado me devolvería algo de la vida que sentía que se escapaba cada vez que suspiraba.

La noche había sido larga. Una lucha despiadada entre mi mente y mi almohada, la cual, en lugar de hacerme reflexionar , solo vino a remover aún más las emociones enredadas que se albergaban en mi pecho.

A duras penas pude sacar adelante dos primeras horas de clase. Como si fuesen lectores de mentes, esa mañana, al igual que todas las mañanas en las que el mundo parecía ponerse en mi contra, mis alumnos parecían querer jugar al vudú con mis nervios y mi paciencia. Dicen que los niños son capaces de sentir la energía de las personas y su vibración. A veces, ellos reaccionan como si se encontrasen delante de un espejo. Y a tenor de su comportamiento, la imagen que podrían estar percibiendo de mi era la de una mujer desquiciada.

Salir al patio y respirar algo de aire a la hora del recreo, me ayudó a poder meter algo de oxigeno a mi sobrecargada mente. Y como cada día, él se acercó.


—Hola profe, ¿te importa si me quedo contigo hoy también?— me preguntó Pablo

—Claro que no me importa. Puedes quedarte conmigo todo el tiempo que quieras.


Pablo era un niño especial. De esos que parecen personas mayores metidas en un cuerpo diminuto. Toda la inteligencia emocional y psicología que le había otorgado la vida, era inversamente proporcional a sus carencias a la hora de poder comprender materias y desarrollarlas como lo hacían el resto de sus compañeros. En ocasiones, llegué a pensar que era un alma vieja más interesada en conocer todo lo relacionado con la existencia y los problemas del ser humano ,que cuáles eran los nombres de los ríos, cómo resolver operaciones matemáticas y si en una frase era necesario diferenciar el sujeto y el predicado.


—Hoy parece que estás triste. Tus ojos parecen dos rayas. ¿Estás malita, profe?

—No, cariño. Estoy bien. Es solo que... tengo un mal día.

—Yo no soy bueno haciendo deberes, ya lo sabes. Pero dicen que sé dar buenos consejos. No sé muy que significa eso... pero escucho a las personas hablar y luego les digo lo que pienso. A lo mejor puedo hacer que te sientas mejor. Como cuando tú me haces circulitos en la frente para que se me quite el dolor de cabeza.

—¿Tú crees? — dije sonriéndole. Era la misma imagen de la ternura detrás de aquellas gafas de color azul que le daban un aire de seriedad adulta.

—Podemos intentarlo, como tú siempre me dices.

—Es difícil de explicar porque son cosas de mayores.

—Entonces...ya sé que te pasa. Son cosas del amor.

—¿Cosas del amor? ¿De dónde sacas esas cosas, Pablo? ¿Qué puedes saber tú del amor con solo 9 años? —dije sin poder evitar reírme mientras le revolvía el pelo.

—Profe. Yo soy pequeño, pero sé muchas cosas. Sé que los mayores muchas veces estáis tristes por cosas del amor. Y no entiendo por qué algo tan fácil os resulta tan difícil.

—¿Fácil?, esta sí que es buena. Cariño... con 9 años claro que puede parecer fácil. Pero las cosas cambian mucho cuando eres mayor.

—Pues profe, la verdad no entiendo por qué. A mi cuando me gusta una niña, se lo digo y le pido que sea mi novia. Y si no quiere, no pasa nada. Porque cuando quieres a alguien, le cuidas y quieres que esa persona esté bien y contenta. Es muy importante cuidarle. Porque si no le cuidas sentirá que no le quieres.

También es muy importante ser su amigo. Porque cuando alguien es tu amigo, quieres pasar todo el tiempo posible con esa persona. Intentas que no se enfade. Y siempre que te enfadas, debes intentar hacer las paces y pedir perdón. A veces no siempre puedes hacer lo que tú quieres, porque tu amigo también querrá decidir qué quiere hacer, Y si tú siempre quieres tener la razón y hacer las cosas como tú quieres, necesitará buscarse otro amigo porque pensará que eres egoísta.


Le escuchaba completamente en silencio fascinada por la simplicidad de su lenguaje pero impresionada por la claridad de su pensamiento. Había mucha razón en aquellas palabras.


—Cariño, tienes razón en todo lo que dices, pero hay muchas cosas que lo convierten en algo aún más complicado.

—Entonces, ¿cuál es el problema?

—Que los mayores entendemos la vida de otra manera. Vivimos como locos de un lado para otro y es difícil en ocasiones buscar el tiempo necesario para hablar y solucionar las cosas.

—Eso creo que es lo que hace que todo sea un desastre. Cuando os hacéis mayores os olvidáis de esperar. Queréis hacerlo todo deprisa y si no lo conseguís rápido, os enfadáis. Nosotros, los niños nos pasamos muchos tiempo esperando a que pasen cosas. Esperamos a que llegue la Navidad, las vacaciones de verano, nuestros cumpleaños, a ser más altos para montar en la montaña rusa... siempre nos toca esperar para todo. Pero mientras esperamos a que lleguen esas cosas que queremos, nos lo pasamos bien. No nos ponemos tristes ni nos enfadamos entre nosotros y no nos peleamos con nadie por eso. Sois vosotros, los mayores los que nos pedís que tengamos paciencia, pero vosotros no lo hacéis.


Una vez más me dejó con la boca abierta. Precisamente, el dichoso "timing" fue el motivo de la descomunal bronca que estaba haciendo que mi relación pendiese de un hilo. Completamente sorprendida y sin entender por qué, hice la siguiente pregunta:


—Entonces, Pablo, según tú , ¿qué es el amor?

Se quedó en silencio un minuto con sus ojos mirando hacia el cielo en un gesto de profunda reflexión.


—Profe, el amor es una cosa muy bonita que sientes aquí en el corazón. Y puedes sentirla por todo aquello que sientes que quieres. Y sabes que lo quieres porque si piensas en que puedes perderlo, te pone muy, muy triste. Por eso es importante no dejar que la tristeza sea más grande que el amor. Sé que los mayores tenéis muchas palabras para todo, pero a veces no son las mejores. Si dijeseis más a menudo "lo siento", "perdona", "¿quieres hacer esto conmigo? ,"gracias" y "te quiero", sabrías lo que es el amor para mí.


Aquellas palabras llenaron mis ojos de lágrimas. Y llevando mis labios a su coronilla le besé con toda la ternura y el cariño del mundo.



 
 
 

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